El caso Mario J. Pentón y la deshumanización del debate
En los últimos días ha circulado con fuerza en redes sociales un conjunto de imágenes, videos y testimonios atribuidos al seudo periodista Mario J. Pentón. Más allá del impacto inmediato que estos contenidos han generado, el hecho merece una reflexión serena y profunda, no desde la ofensa ni el insulto, sino desde una crítica ética responsable, comprometida con la dignidad humana y con el respeto al dolor ajeno.
Lo que se le atribuye a Pentón no es un simple exceso verbal ni una opinión polémica aislada. Se inscribe en una degradación más amplia del discurso político convertido en espectáculo, donde el sufrimiento humano deja de ser un límite moral y pasa a convertirse en mercancía. Cuando la muerte de compatriotas se celebra públicamente, se cruza una línea ética elemental que ningún proyecto político o mediático debería permitirse violar.
En este caso, se trata de 32 cubanos fallecidos en el contexto de una operación ampliamente cuestionada en el plano político y ético —incluso por sectores que tradicionalmente la respaldan— y cuyo costo político para sus promotores, en particular para Donald Trump, ha sido señalado como potencialmente muy alto. Se trata de una operación cuestionada no por su inexistencia, sino por sus consecuencias y por el precedente que sienta, pues en los hechos el secuestro de Nicolás Maduro se ejecutó.
No eran figuras de poder ni símbolos abstractos. Eran cubanos comunes, con familias, hijos, madres y esposas. Convertir su muerte en motivo de júbilo político no comunica victoria alguna; comunica deshumanización. Y esa deshumanización resulta aún más grave cuando se produce desde plataformas que se presentan como “periodísticas” o informativas.
Particularmente alarmante es la conducta que se le atribuye de haber contactado telefónicamente a una de las viudas para luego exponerla al escarnio público. Ese acto no puede entenderse como ejercicio de libertad de expresión ni como activismo político legítimo. Constituye una forma extrema de crueldad simbólica: revictimizar a quien ya ha sufrido una pérdida irreparable, convertir el duelo en contenido, el llanto en burla y la tragedia en trofeo mediático.
En el periodismo —incluso en el más militante— existen fronteras claras entre informar, opinar y degradar. Cuando esas fronteras se cruzan deliberadamente, el comunicador deja de cumplir una función social y se convierte en un agente de daño. No se trata de ideología, sino de ética básica.
Estas prácticas no surgen en el vacío. Forman parte de una lógica instalada en determinados sectores del ecosistema mediático del llamado exilio duro, donde el odio ha terminado desplazando cualquier noción de humanidad compartida. En ese marco, el cubano de a pie —el que vive en la Isla, el que enfrenta cada día carencias agravadas por el bloqueo genocida y las restricciones económicas— deja de ser persona y pasa a ser objetivo, daño colateral o motivo de burla.
El muerto “incorrecto” deja de ser llorado. La viuda deja de ser víctima y pasa a ser etiquetada como “esposa del enemigo”. El dolor deja de ser sagrado y se vuelve utilitario. Todo vale si sirve a la narrativa correcta.
Pentón aparece, para muchos, como la expresión de esa mutación: la del individuo que abandona cualquier pretensión profesional para convertirse en activista emocional, y del activista que deriva en provocador permanente. En ese tránsito, el objetivo ya no es informar ni denunciar injusticias reales, sino generar indignación rentable, polarización, tráfico digital y aplauso tribal. El odio se monetiza. La provocación se convierte en método. La humillación pública, en herramienta.
Lo verdaderamente inquietante no es únicamente la conducta atribuida a una persona concreta, sino la reacción de su entorno digital. Las risas, los aplausos, las justificaciones y el repetido “se lo merecen” revelan un deterioro profundo del tejido moral del debate político cubano. Cuando una comunidad comienza a celebrar la muerte y a mofarse del duelo ajeno, ha perdido algo esencial, incluso si se convence a sí misma de que lucha por una causa justa.
Por eso es necesario marcar distancia. No igualarnos. No reproducir la misma lógica de desprecio. Mantener la dignidad no es un gesto retórico: es una posición ética. La barbarie no se combate imitándola. La superioridad moral no se proclama; se demuestra en la forma en que se habla, en cómo se actúa y en los límites que no se cruzan, aun en medio del conflicto político.
Cuando un comunicador —sea periodista, influencer o activista— parece disfrutar del sufrimiento ajeno, deja de ser denunciante y se convierte en parte del problema que dice combatir. Esa es la verdadera gravedad del asunto. No el video viral, no el escándalo momentáneo, no el nombre propio, sino el mensaje de fondo: que todo vale si sirve a una narrativa determinada.
Y cuando se acepta que pisotear a una viuda, burlarse del hambre, del dolor y de las dificultades del cubano de a pie es legítimo, entonces ya no estamos ante información ni activismo, sino ante una forma de cinismo que termina erosionando cualquier causa que pretenda llamarse humana.
Donde no hay dignidad, no puede haber empatía. Y sin empatía, ninguna causa —por muy ruidosa que se proclame— puede reclamar autoridad moral.
El caso Mario J. Pentón y la deshumanización del debate
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